Taxidermista


Probablemente la enseñanza más valiosa que he obtenido desde que decidí mantener los ojos y todos los sentidos abiertos a historias que deba contar es que estos relatos y sus respectivos personajes me van sorprender. Pero esto solo sucede si uno toma la decisión de convertirse en un explorador, sabiendo que para esto no es necesario atravesar la sabana más árida ni sumergirse en la jungla más profunda; estas historias están esperando a ser contadas en entornos más próximos de los que creemos, digamos, Villa Nueva. Y en el caso de los personajes, las enseñanzas que comparten con nosotros suelen estar estrechamente ligadas a la erosión de las experiencias que los han moldeado con el tiempo y las más románticas de las pasiones, muchas veces estas últimas pueden tomar formas poco convencionales, digamos, la taxidermia.

Edgar Bosque tiene una personalidad intensa que atañe con su energía a cualquiera con quien platique. Nos recibe en su casa y no nos hace esperar para guiarnos a su taller y empezarnos a contar acerca del trabajo que realiza. En el recorrido uno no puede dejar de sentir la mirada fija de un gallo de pelea posando en una repisa de la pared de la sala. Mientras esquivamos los cuernos de un longhorn, un potrillo nos abre el paso para salir al jardín, en este momento me estoy preguntando si tal vez era una potranca. Afuera, tomando un baño de sol, un coche de monte nos presume sus colmillos y un caballo frisón su cola. Esta vista podría parecer sacada de un cuento fantástico pero lo cierto es que esta compañía es parte de la vida diaria de un taxidermista. Mi cerebro aún no ha logrado digerir lo que le alimentan mis ojos cuando en la periferia de mi vista veo algo moverse aunque nada aquí debería, “se llama Tuti”, nos dice nuestro anfitrión, es una chihuahua cariñosa y juguetona que, a diferencia del resto de especímenes en el lugar, todavía está viva. Y sí, su nombre es un pequeño homenaje a Tuti Furlán.

Edgar inició en este mundo haciendo caso al dicho de “si querés que algo salga bien, mejor hacelo vos”, dado que el trabajo realizado por un taxidermista quien le preparó un animal hace mucho tiempo no le pareció muy satisfactorio, entonces decidió él mismo poner manos a la obra. En un principio lo hizo de manera empírica pero luego fue a estudiar el oficio a Estados Unidos, donde adquirió una gran cantidad y calidad de práctica. El trabajo que realiza actualmente es muy metódico y el proceso mediante el cual ha perfeccionado el arte de disecar animales y prepararlos para que tengan apariencia de estar vivos para exponerlos y estudiarlos se llama experiencia, misma que lo ha hecho uno de los taxidermistas más reconocidos de la región.

Por supuesto que cuando uno no conoce mucho acerca de cualquier tema las primeras preguntas que se hacen suelen ser las más básicas: ¿Cómo se diseca a un animal? Todo empieza cuando se recibe una llamada de un zoológico o una persona particular, indicando que un ejemplar murió y desean conservarlo. Aquí Edgar hace una pausa para aclarar que él solamente trabaja con animales que murieron por causas naturales y no lo hace para cazadores, además, todos los difuntos cuentan con su respectiva papelería de ley y registro. No puede pasar mucho tiempo desde la defunción para que la descomposición no dañe la piel. Al tener los restos del espécimen se le sacan las tripas y se pone a curtir la piel en diferentes químicos. Este es el papel que juegan todos los toneles azules en el jardín, de uno de ellos saca un antílope, de otro una leona y de otro una jirafa. Cuando todo está listo comienza la parte más difícil, Edgar debe hacer una escultura de poliuretano del animal en cuestión, para esto es necesario conocer muy bien la anatomía de muchas especies, sus facciones, posturas, incluso hay que considerar la personalidad de cada uno. Entonces llega la hora de otorgar la nueva forma que llevará la piel de ahora en adelante, probablemente por cientos de años; realizar las costuras respectivas, poner los ojos de vidrio para devolver un poco de vida y afinar algunos últimos detalles.

Luego de varias semanas de trabajo, el animal está listo para ocupar el espacio de algún museo, aquí es donde muchas personas estarán lo más cerca posible de una gacela africana sin necesidad de atravesar las sabanas más áridas, o contar las manchas en el pelaje de un jaguar sin necesidad de sumergirse en la jungla más profunda. También puede ser que un perro despeinado regrese a hacer compañía a sus dueños o un gallo pueda seguir presumiendo su plumaje blanco, como lo hacen también el coche de monte y el frisón. De cualquier forma, el trabajo de Edgar Bosque no es algo a lo que muchos estemos acostumbrados, pocos pueden presumir de dedicarse a, digamos, resucitar de los muertos a los animales.

 

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